Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLI. Como toda esta clase de tributos se habían impuesto sin promulgarlos oficialmente y, por desconocimiento del texto de la ley, se cometían muchas infracciones, al final, ante la insistencia del pueblo, promulgó la ley, pero con una letra tan sumamente diminuta y en un espacio tan reducido que a nadie le fue posible copiarla. Y para no dejar de experimentar ningún género de extorsión, montó un prostíbulo en palacio, destinando y decorando varias salas a este fin de acuerdo con la majestuosidad del lugar, donde se prostituyesen damas romanas y muchachos de condición libre. Envió heraldos a las basílicas y a los foros para que invitasen a jóvenes y viejos a satisfacer allí sus apetitos sexuales. Después prestaba dinero a interés usurario a quienes iban hasta allí, apostando junto a las puertas unos funcionarios que anotaban sus nombres ostensiblemente, considerándolos poco menos que colaboradores de los ingresos de César. Y, sin despreciar tampoco las ganancias procedentes del juego de dados, se lucraba todavía más mediante el fraude y los falsos juramentos. En cierta ocasión, después de pedirle a su vecino compañero de juego que tirara por él, salió al atrio del palacio y ordenó que dos caballeros romanos que pasaban por allí fueran detenidos y confiscados de inmediato sus bienes; luego regresó exultante y jactándose de que nunca había hecho una tirada de dados más provechosa.