Vida de los doce Cesares

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XLIX. Así pues, durante su viaje le salió al encuentro una embajada formada por representantes de los más nobles estamentos sociales de Roma, para suplicarle que se apresurara a llegar cuanto antes. Calígula, con voz estentórea y dando continuos golpes en la empuñadura de la espada que llevaba al cinto, replicó: «Ya llegaré, ya llegaré, y ésta conmigo». Emitió también un edicto comunicando que regresaba, pero sólo para aquellos que lo deseaban, es decir, el orden ecuestre y el pueblo, pues por lo que respecta al Senado, nunca más volvería ya a ser ni su conciudadano ni su príncipe. Prohibió igualmente que ningún senador saliera a recibirle. Y, tras omitir o diferir el triunfo completo, entró en Roma el día de su cumpleaños con los honores de la ovación[72]. Murió cuatro meses más tarde, después de haber cometido con total osadía abominables crímenes y de proyectar otros todavía mayores, puesto que había planeado trasladar la capital, primero a Ancio, y luego a Alejandría, pero habiendo hecho asesinar previamente a los más conspicuos ciudadanos, tanto del orden ecuestre como del orden senatorial. En efecto, para que a nadie le queden dudas de la veracidad de sus intenciones, entre sus documentos secretos se descubrieron dos escritos con diferente título: uno se titulaba La espada; el otro El puñal. En ambos casos se trataba de un índice: uno y otro contenían nombres y anotaciones de todos los ciudadanos que tenían que morir. Se encontró también un enorme arcón repleto de venenos y se dice que, cuando Claudio los hizo sumergir en el mar, quedaron infectadas sus aguas, con gran mortandad de peces que la marea arrojó ya muertos a las playas próximas.


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