Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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L. Fue Calígula de alta estatura, de tez muy blanca y de gran corpulencia, pero sumamente delgado de cuello y piernas. Tenía hundidos los ojos y las sienes; la frente ancha y torva, el cabello ralo y calvo en la coronilla, pero muy peludo el resto del cuerpo. Por esta razón se consideraba un crimen de pena capital mirarlo desde un lugar superior mientras paseaba, o mencionar, por cualquier motivo que fuera, la palabra «cabra». De rostro aterrador y siniestro ya de por sí, procuraba con el maquillaje aumentar la fiereza de su semblante, arreglándose ante un espejo para inspirar el mayor terror y espanto posible. No gozó de buena salud ni de cuerpo ni de alma. Afectado de epilepsia ya desde niño, soportó bien la fatiga durante su adolescencia, aunque, cuando en ocasiones sufría algún desfallecimiento, apenas podía caminar, permanecer de pie, recuperar el sentido y sostenerse. En cuanto a la enfermedad de su mente, él mismo se había dado cuenta de ella y a menudo había pensado en retirarse e intentar curar su desequilibrio mental. Se cree que su esposa Cesonia le había hecho beber un filtro amoroso que le había abocado a la locura. Padecía, sobre todo, de agudísimo insomnio, pues, en efecto, no dormía más de tres horas por la noche y ni siquiera ese rato disfrutaba de un sueño tranquilo, sino atormentado por pesadillas; entre otras visiones, en cierta ocasión le pareció ver en sueños una representación del océano que hablaba con él. En consecuencia, durante gran parte de la noche, harto de estar acostado y no poder dormir, ya sentado en la cama, ya vagando por los larguísimos pórticos de palacio, solía invocar sin cesar y aguardar la luz del día.


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