Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXIX. Seriamente alarmado César ante estos hechos y considerando —como afirman que con frecuencia le habían oído decir— que «más difícilmente, si era el primero de los ciudadanos, se le pasaría del primer rango al segundo, que del segundo al último», se opuso a ello con todas sus fuerzas, tanto mediante el veto de los tribunos, como por medio del otro cónsul, Servio Sulpicio. Al año siguiente[33], puesto que Cayo Marcelo, que había sucedido en el consulado a su primo hermano Marco, tenía las mismas intenciones, César, merced a cuantiosas sumas de dinero, compró a Emilio Paulo, el otro cónsul, y a Cayo Curión, el más violento de los tribunos, para que velaran por sus intereses. Pero, cuando vio que sus enemigos proseguían con sus manejos todavía con mayor obstinación y que también los cónsules electos habían sido elegidos entre sus adversarios, solicitó por carta al Senado que no se le privase de los privilegios que el pueblo le había otorgado o, en todo caso, que también los otros generales abandonaran sus ejércitos. Confiaba, según parece, que, en el momento que lo deseara, le sería más fácil a él reunir a sus veteranos que a Pompeyo reclutar nuevos soldados. Por otra parte, trató de pactar con sus adversarios que, a cambio de licenciar ocho de sus legiones y dejar la Galia Transalpina, se le concediese mantener dos legiones y la Galia Cisalpina, o, incluso, una sola legión con el Ilírico, hasta que fuese nombrado cónsul.