Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXX. Sin embargo, al no tomar partido el Senado y afirmar sus enemigos que no harían concesión alguna que afectase al Estado, se trasladó César a la Galia Citerior y, una vez concluidas las preceptivas vistas judiciales, se detuvo en Rávena decidido a recurrir a la guerra si el Senado llegaba a tomar alguna decisión excesivamente rigurosa en contra de los tribunos de la plebe que habían interpuesto el veto en su favor. Y, ciertamente, éste fue el pretexto para la guerra civil; se cree, sin embargo, que fueron otros los motivos reales. Cneo Pompeyo, por ejemplo, repetía una y otra vez que César, al no haber podido concluir todo lo que había iniciado y no haber tampoco podido responder con sus recursos particulares a la expectación que él mismo había generado en el pueblo con motivo de su regreso, había querido subvertir y trastornarlo todo. Otros afirman que tuvo miedo de que se le obligase a rendir cuentas de todo aquello que había realizado durante su primer consulado contrariando los auspicios, las leyes y los vetos interpuestos, pues M. Catón, en ese mismo sentido, anunciaba que le procesaría tan pronto licenciase su ejército. Este parecer lo corrobora Asinio Polión cuando nos dice que en la batalla de Farsalia, viendo César a sus enemigos derrotados y muertos, pronunció estas palabras: «Esto es lo que han querido. Pues yo, Cayo César, después de llevar a cabo tantas hazañas, hubiese sido condenado de no haber recurrido a la ayuda del ejército». Creen algunos que, habituado al mando militar, después de sopesar sus fuerzas y las de sus enemigos, aprovechó la ocasión de hacerse con el poder absoluto, que había anhelado desde su juventud. Parece que esto mismo es lo que opinaba Cicerón cuando en el tercer capítulo de su libro De las obligaciones escribe que César tenía siempre en los labios aquellos versos de Eurípides[34] que él mismo traduce de esta manera: