Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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Si es necesario violar la ley, debe violarse para conseguir el poder

[supremo.

En todo lo demás practica la virtud.

XXXI. Cuando llegó la noticia de que se había retirado a los tribunos[35] el derecho de veto y de que éstos habían abandonado la ciudad, enviadas por delante a toda prisa y en secreto unas cohortes para no levantar sospechas, él mismo, también para disimular, asistió a un espectáculo público, estudió la maqueta de una escuela de gladiadores que iba a construir y, como de costumbre, participó en un concurrido banquete. Más tarde, después de ponerse el sol, uncidas a su carro unas mulas de un molino próximo, se puso sigilosamente en camino con una reducida escolta. Luego, habiéndose perdido por haberse apagado las antorchas, anduvo errante largo rato y, al amanecer, gracias a haber por fin encontrado un guía, pudo seguir a pie a través de angostísimos senderos. Tras haberse reunido con sus cohortes junto al río Rubicón[36], que marcaba el límite de su provincia, se detuvo unos momentos y, reflexionando sobre la enorme trascendencia de lo que estaba en juego, se volvió hacia los que estaban a su lado y dijo: «Ahora todavía nos es posible echarnos atrás; pero, si atravesamos ese puente, todo habrá de decidirse por la fuerza de las armas».


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