Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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Este Druso, mientras ejercía las magistraturas de cuestor y pretor, fue el general en jefe de la guerra contra Recia y luego contra Germania y fue, además, el primero de los generales romanos que navegó por el océano septentrional; construyó también, al otro lado del Rin, canales para las naves, que requirieron un inmenso esfuerzo y que todavía en la actualidad se denominan Drusinos[3]. Tras batir en numerosas batallas al enemigo y rechazarlo hacia el interior hasta los más recónditos desiertos, no dejó de perseguirlo hasta que la aparición de una mujer extranjera, de una estatura superior a la humana, expresándose en latín le prohibió prolongar su victoriosa campaña. Obtuvo por sus victorias los honores de la ovación y los ornamentos triunfales. Nada más acabar la pretura, ejerció el consulado y, reemprendida su campaña militar, debido a una enfermedad le sobrevino la muerte en los campamentos de verano que, a causa de él, recibieron el nombre de «malditos». Su cuerpo fue llevado a Roma a hombros de los notables de los municipios y de las provincias, recibido luego por las decurias de escribas[4], que habían salido a su encuentro, y sepultado en el Campo de Marte. El ejército, por su parte, le erigió un túmulo honorífico y, desde entonces, todos los años, un día determinado, las tropas desfilaban ante él y las ciudades de las Galias celebraban oficialmente públicos sacrificios. El Senado, además, entre otras muchas cosas, decretó en su honor la construcción en la vía Apia de un arco de mármol con sus trofeos y le otorgó el sobrenombre de «Germánico» para él y sus descendientes. Se cree que fue hombre de espíritu tan valeroso como democrático, pues, además de sus victorias sobre el enemigo, había obtenido también despojos ópimos[5], persiguiendo con máximo riesgo de su vida a los jefes germanos por todo el campo de batalla, y, por otra parte, no había disimulado nunca sus intenciones de restablecer, en cuanto le fuera posible, la antigua República. Yo creo que por este motivo algunos se atrevieron a afirmar que Augusto recelaba de él, le había hecho volver de su provincia y, ante las vacilaciones de Druso, había dado orden de matarlo envenenándolo. Yo, en realidad, he consignado esta afirmación, más por no omitir nada que porque pueda creer que es cierta o verosímil, ya que Augusto le demostró tanto cariño mientras estuvo vivo que lo designó siempre coheredero junto con sus hijos tal como declaró en una ocasión ante el Senado y, después de muerto, lo encomió hasta tales extremos en su elogio fúnebre que rogó a los dioses que hicieran que los césares se le pareciesen y que un día le concedieran a él mismo una muerte tan gloriosa como la que le habían concedido a Druso. Y no contento con haber hecho grabar en su sepultura un epitafio compuesto por él mismo en verso, escribió también, en prosa, su biografía. Tuvo muchos hijos de Antonia la Menor, aunque tan sólo le sobrevivieron tres: Germánico, Livila y Claudio.


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