Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares IV. «Tal como me encargaste, querida Livia, he comentado con Tiberio qué tenemos que hacer con tu nieto Tiberio[8] durante los juegos en honor de Marte. Ambos estuvimos de acuerdo que tenemos que decidir de una vez la conducta a seguir con él. En efecto, si, por así decirlo, es del todo normal, ¿qué motivo hay para plantearnos que no haya de ser educado siguiendo las mismas etapas y los mismos pasos que ha seguido su hermano?[9] Y, por el contrario, si percibimos que está disminuido y que tiene dañada su integridad tanto física como mental, no debemos suministrar a la gente, acostumbrada a reírse y burlarse de los que presentan tales deficiencias, motivos para mofarse de él y de nosotros. Pues nos sentiremos siempre perplejos si hemos de deliberar en cada situación concreta, sin haberlo decidido de antemano, si creemos que puede desempeñar cargos públicos o no. De momento, sobre la cuestión que me consultas, no me parece mal que se encargue del banquete de los sacerdotes durante los juegos en honor de Marte, si acepta ser aconsejado por el hijo de Silvano, un hombre próximo a él, para evitar que haga nada que pueda ser motivo de burla o que llame la atención. No me parece oportuno, en cambio, que contemple los juegos desde el palco imperial, pues, al quedar expuesto en primera línea del anfiteatro, sería observado por todos. Tampoco me agrada que vaya al monte Albano[10] ni que permanezca en Roma durante las fiestas latinas. Porque si puede acompañar a su hermano al monte, ¿por qué, entonces, no se le puede poner al frente de la ciudad? Ésta es, querida Livia, mi opinión, con la que me gustaría dejar resuelto de una vez todo este asunto, para no estar siempre debatiéndonos entre la esperanza y el miedo. Si lo deseas, puedes dejar también a Antonia esta parte de mi carta para que la lea.» Y de nuevo en otra carta: «Mientras tú estés ausente, invitaré cada día a cenar al joven Tiberio, para que no haya de cenar él solo, acompañado de sus amigos Sulpicio y Atenodoro. Desearía que eligiese con más cuidado y menos precipitación algún amigo de quien poder imitar sus movimientos, porte y forma de caminar. El pobrecillo tiene mala suerte, porque en los temas importantes, cuando su mente no desvaría, aparece claramente la bondad de su alma». Y en una tercera carta: «Que me muera, querida Livia, si no me admira que tu nieto haya podido deleitarme con su forma de declamar. No comprendo, en verdad, que quien se expresa con tan poca claridad, pueda, cuando declama, decir tan claramente lo que se ha de decir». No hay, sin embargo, duda alguna de lo que decidió Augusto posteriormente, pues no permitió que recibiera ningún cargo público, excepto el del sacerdocio augural, ni le nombró heredero, a no ser entre los de tercer orden, casi unos extraños, y tan sólo de la sexta parte de la herencia, dejándole un legado de únicamente ochocientos mil sestercios.