Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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III. Desde sus primeros años se dedicó intensamente a las artes liberales e incluso publicó con frecuencia ensayos literarios. Pero ni aun así pudo lograr que se le respetase ni mejorar sus esperanzas de alcanzar una posición de mayor responsabilidad en el futuro. Su madre, Antonia, repetía una y otra vez que era «un engendro de hombre que la naturaleza no había completado sino tan sólo pergeñado», y cuando ella tachaba a alguno de simple, decía que era «más idiota todavía que su hijo Claudio». Su abuela Augusta le manifestó siempre un profundo desprecio: no solía dirigirle la palabra sino en contadas ocasiones y cuando se comunicaba con él solía hacerlo por escrito, de forma breve y cruel, o a través de intermediarios. Su hermana Livila, cuando oyó que algún día sería emperador, rechazó horrorizada una suerte tan injusta y vergonzosa para el pueblo romano. Y, en efecto, para que se sepa mejor qué pensaba su tío abuelo Augusto[7] de él, en ambos sentidos, en bien y en mal, he escogido estos fragmentos de algunas de sus cartas:







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