Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares X. Después de haber pasado la mayor parte de su vida entre tales incidentes y vejaciones, llegó al poder a los cincuenta años de edad por una casualidad a todas luces sorprendente. Alejado con los demás por los asesinos de Cayo cuando éstos hicieron retirarse a la multitud pretextando que Calígula deseaba estar solo, se encerró en un salón llamado Hermeo. Al poco rato, aterrado por los rumores del asesinato, se precipitó a una terraza próxima y se ocultó entre las cortinas extendidas ante las puertas. Un soldado raso que pasaba casualmente por allí, observando unos pies y deseando averiguar quién podía ser el que estaba allí escondido, lo reconoció y lo hizo salir de su escondite; entonces, al echarse Claudio, aterrado, a sus pies, el soldado lo saludó como a su emperador. Desde allí lo llevó a presencia de otros camaradas que todavía estaban indecisos y que no hacían otra cosa que gritar. Éstos lo colocaron en la litera imperial, pero como sus encargados habían huido, llevándolo a cuestas por turnos, lo trasladaron triste y tembloroso al campamento, mientras la multitud que le salía al paso se compadecía de él, como si un inocente fuera conducido al suplicio. Una vez en el interior del campamento, pasó la noche en el cuerpo de guardia, con menos esperanzas que confianza. En efecto, los cónsules, en compañía del Senado y las cohortes urbanas, habían ocupado el foro y el Capitolio para ratificar su común libertad[16]. Cuando por medio de los tribunos de la plebe se hizo acudir al propio Claudio a la Curia para que les propusiera lo que le pareciese oportuno, respondió que se encontraba allí a la fuerza y por necesidad. Pero al día siguiente, puesto que el Senado, por una parte, se demoraba en concretar sus proyectos debido al hastío y al desacuerdo de los que sostenían posturas opuestas, y, por otra, la muchedumbre que se agolpaba alrededor exigía ya un solo jefe y daba el nombre de Claudio, aceptó éste que los soldados reunidos en asamblea le juraran fidelidad y prometió a cada uno de ellos quince mil sestercios, pasando a ser el primer César que también compró con dinero la fidelidad del ejército.