Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XV. Fue persona de extraordinaria versatilidad tanto en la forma de instruir las causas como en la de dictar sentencia. Unas veces escrupuloso y perspicaz; en ocasiones, imprudente e irreflexivo; algunas veces frívolo y casi insensato. Cuando depuraba las decurias de jueces, en función de su comportamiento judicial, a uno de ellos que, encubriendo la exención que le correspondía debido a su número de hijos, había comparecido en el tribunal al ser llamado, lo tachó de las listas por su excesivo afán de administrar justicia. En otra ocasión, al escuchar a un juez, interpelado por la parte contraria sobre un proceso personal del emperador, afirmar que la causa no era de jurisdicción imperial, sino de derecho ordinario, dispuso que el proceso se viese inmediatamente en su propio tribunal para poder dar ejemplo, en un asunto propio, de hasta qué punto iba a ser un juez justo en los asuntos ajenos. A una mujer que se negaba a reconocer a su propio hijo, viendo Claudio que los argumentos de una y otra parte eran discutibles, la obligó a confesar la verdad cuando la sentenció a casarse con el joven. Era sumamente proclive a fallar en favor de los presentes y en contra los ausentes, sin hacer ninguna distinción si uno no había asistido por su culpa o por un motivo de fuerza mayor. Una vez que un litigante proclamaba a gritos que se le tenían que cortar las manos a un falsificador, ordenó que se hiciera venir de inmediato al verdugo con el cuchillo y la tabla de carnicero. Al haberse suscitado un día una banal discusión entre los abogados sobre si procedía que un acusado de usurpación de ciudadanía defendiese su causa vestido con la toga o con el manto griego, Claudio, queriendo dar muestras de una absoluta imparcialidad, ordenó que se cambiase continuamente de vestido, según se le acusase o se le defendiese. También se cuenta que en cierto proceso dictó la siguiente sentencia: «Estoy a favor de los que han dicho la verdad». Debido a estas actuaciones, se desacreditó hasta tal punto que se convirtió en todas partes y públicamente en motivo de befa. En otra ocasión que un letrado excusaba a un testigo al que Claudio había ordenado venir de la provincia afirmando que no le había sido posible presentarse, pero sin explicar el motivo de ello, Claudio, tras largos interrogatorios, manifestó por fin: «Creo que le asistía el derecho a no venir; había muerto». A otro individuo que le daba las gracias por haber permitido que se defendiera a un acusado, le espetó: «Sin embargo, eso es lo que suele hacerse». Algunos ancianos me comentaron también que hasta tal punto se habían acostumbrado los abogados a abusar de su paciencia que, cuando se marchaba del tribunal, no sólo le pedían a gritos que volviera, sino que lo retenían agarrándolo por la toga y a veces asiéndole por el pie. Y para que a nadie le parezcan sorprendentes estos hechos añadiré que a un cierto litigante griego se le escapó en una acalorada disputa el siguiente exabrupto: «¡Tú también eres viejo y necio!». Es de todos sabido que un caballero romano que había sido acusado de actos obscenos contra las mujeres, pero cuya acusación era falsa y un montaje de sus encarnizados enemigos, cuando vio que eran citadas en contra suya unas putas de la calle y que se prestaba oídos a su testimonio, recriminando a Claudio con gran indignación su estupidez y crueldad, le arrojó al rostro con tal violencia las tablillas y el punzón que tenía en la mano que le hirió gravemente las mejillas.


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