Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXI. Distribuyó con frecuencia dinero entre el pueblo. También ofreció numerosos y espléndidos espectáculos, no tan sólo los convencionales y en los lugares acostumbrados, sino también otros inventados por él o tomados de la antigüedad, y en lugares donde nadie lo había hecho antes que él. Los juegos por la inauguración del teatro de Pompeyo, que había hecho reconstruir tras ser destruido por un incendio, los presidió desde un palco colocado en la orquesta, después de haber invocado a los dioses desde los templos situados en la parte superior del teatro[28] y haber descendido por en medio de la gradería, donde estaban todos los espectadores sentados y en silencio. Celebró también los juegos seculares, alegando que habían sido anticipados por Augusto sin aguardar el momento debido, aun cuando el propio Claudio afirma en sus Historias que, después de haber sido interrumpidos durante muchos años, Augusto los había restablecido en su justo momento, tras llevar a cabo un minucioso cómputo del tiempo. Por esa razón causaron risa las palabras del pregonero que, siguiendo la tradicional costumbre, les invitaba a unos juegos que «nadie había contemplado ni iba a contemplar de nuevo», puesto que vivía todavía mucha gente que había presenciado los anteriores y, algunos de los actores que habían actuado en aquellos, volvían a actuar ahora. Ofreció también con frecuencia juegos circenses en el monte Vaticano, intercalando algunas veces una cacería de fieras después de cada cinco carreras de cuadrigas. Embelleció el circo Máximo, revistiendo de mármol los recintos de salida de las cuadrigas y haciendo de oro las metas[29], que previamente eran de madera y piedra de toba respectivamente; también dispuso localidades especiales para los senadores, que hasta entonces solían contemplar los juegos mezclados con la muchedumbre. Además de las carreras de cuadrigas, organizó exhibiciones hípicas troyanas y cacerías de fieras del África, a las que daba muerte un escuadrón de jinetes pretorianos, mandado por sus tribunos y por el propio prefecto del pretorio. Presentó también a jinetes de Tesalia que perseguían toros bravos por la arena del circo y que, después de cansarlos, saltaban sobre esas fieras y las derribaban, asiéndolas por los cuernos. Ofreció combates de gladiadores de muy diversos géneros y en muy distintos lugares: uno al año, en los cuarteles de los pretorianos, sin cacerías de fieras ni ostentación; otro, completo y siguiendo las normas tradicionales, en los Saepta; otro más en ese mismo lugar, extraordinario y rápido, de pocos días de duración, que empezó a recibir el nombre de «espórtula»[30], porque, la primera vez que iba a ofrecer esos juegos, promulgó un edicto anunciando que «invitaba al pueblo a una especie de colación improvisada y sin pretensiones». En ninguna otra clase de espectáculo se mostraba Claudio más sencillo y amable, hasta el punto de que, extendiendo el brazo izquierdo a una con el pueblo, iba contando con la voz y los dedos las piezas de oro ofrecidas a los vencedores y frecuentemente, con sus gritos de ánimo y sus ruegos, provocaba la hilaridad de la gente, al llamarlos sin cesar «señores», mezclando además bromas triviales y rebuscadas, como una vez que, al pedirle todos que hiciera salir a la arena a un tal «Palomo», prometió hacerlo, si conseguía agarrarlo. O también aquella otra broma, ciertamente muy útil y oportuna: cuando otorgó la vara de honor[31] a un gladiador de carros, en cuyo favor abogaban sus cuatro hijos y el fervor popular de todo el circo, hizo correr al punto entre los espectadores una nota poniendo de relieve «con cuánto interés debían procurar tener hijos, ya que podían ver que incluso para un gladiador eran motivo de favor y protección». Hizo representar también en el Campo de Marte la conquista y saqueo de una fortaleza, para recrear la guerra y rendición de los reyes de Britania, y presidió el espectáculo vestido de general en jefe. Justo antes de desecar el lago Fucino, organizó una batalla naval. Pero, como al gritar los combatientes «¡Ave, emperador! ¡Los que van a morir te saludan!» respondiese Claudio «o no», después de esta respuesta, como si se les hubiese dado licencia para ello, nadie quería luchar, por lo que estuvo Claudio dudando largo rato si los hacía matar a todos a hierro y fuego; finalmente saltó de su asiento y recorriendo con su torpe balanceo el borde del lago, con amenazas y ánimos les hizo entablar la batalla. Durante este espectáculo se enfrentaron una flota de Sicilia y otra de Rodas, formada cada una de ellas por doce trirremes, y les enardecía al combate una trompeta en forma de tritón de plata, que un mecanismo había hecho emerger en el centro del lago.


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