Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXX. No carecía su aspecto físico de autoridad y dignidad, ni cuando estaba en pie, ni cuando estaba sentado, ni, sobre todo, cuando estaba echado. Su cuerpo era de elevada estatura y no excesivamente delgado. Tenía un rostro atractivo, unos hermosos cabellos blancos y un amplio cuello. Sin embargo, cuando caminaba, le fallaban las rodillas, poco seguras, y cuando hacía cualquier cosa, tanto si estaba relajado como serio, eran muchas las lacras que le envilecían: su risa era destemplada, su cólera más repulsiva aún por la espuma que le salía por la boca, su nariz siempre goteaba; además, tartamudeaba y su cabeza basculaba sin cesar de forma convulsiva, pero de modo mucho más acusado durante los procesos judiciales, por muy poca importancia que tuviesen.
XXXI. Del mismo modo que había sido antaño muy enfermizo, gozó de excelente salud desde que accedió al poder, a no ser por los dolores de estómago. Afirmaba incluso que, cuando tenía los ataques, llegó a pensar en suicidarse.