Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXV. Pero por encima de todo era tímido y desconfiado. En los primeros días de su reinado, aunque, como hemos dicho[48], hacía gala de su amabilidad, no se atrevía a asistir a ningún convite, si no le rodeaba su guardia personal, armada con lanzas, y los soldados no hacían las funciones de los sirvientes. No visitó tampoco a ningún enfermo, sin haber hecho inspeccionar previamente la habitación y haber hecho palpar y sacudir colchones y cobertores. Durante el resto de su gobierno, destinó unos vigilantes, sumamente rigurosos, para que registraran absolutamente a todos los que iban a su casa a saludarle. Sólo más tarde, en efecto, y a regañadientes, aceptó que las mujeres, los adolescentes vestidos todavía con la toga pretexta y las jovencitas no fueran manoseados y que no se quitaran a los acompañantes y secretarios de sus visitantes los estuches de plumas y punzones de escribir. Cuando, en su intento de golpe de Estado, Camilo, seguro de que podía aterrorizarlo sin llegar a la guerra civil, le conminó en una carta ultrajante, amenazadora y altanera a abdicar y a retirarse a una vida privada y ociosa, Claudio, después de convocar a los más importantes ciudadanos, estuvo dudando si debía obedecerlo.