Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXIV. Que fue de naturaleza cruel y sanguinaria, se desprende claramente tanto de los hechos importantes como de los detalles. En los interrogatorios hacía aplicar las torturas estando él presente y exigía también que los parricidas fueran ajusticiados ante sus propios ojos. Una vez que en Tívoli deseaba presenciar un suplicio según la costumbre tradicional, al no presentarse el verdugo cuando los condenados estaban ya atados al poste, aguardó pacientemente hasta el atardecer la llegada del verdugo que se había hecho venir de Roma. En todos los combates de gladiadores, tanto si los ofrecía él como otra persona, ordenaba que fueran degollados incluso los gladiadores que caían al suelo accidentalmente, sobre todo si se trataba de reciarios, para observar su rostro mientras agonizaban. Cuando en una ocasión cayeron ambos combatientes a causa de sus mutuas heridas, dio orden de que de sus espadas se le fabricaran cuanto antes unos puñales para su uso personal. Con los bestiarios[46] y los del mediodía[47] disfrutaba tanto, que nada más amanecer se dirigía al anfiteatro y, al mediodía, cuando el pueblo se marchaba a comer, él permanecía sentado allí y, además de los gladiadores programados, por cualquier fútil motivo hacía combatir también inopinadamente a cualquiera de los carpinteros, sirvientes o personal de ese género, si fallaba uno de los dispositivos automáticos, decorados o artilugios de esa clase. Obligó incluso a pelear a uno de sus secretarios encargado de indicarle el nombre de sus visitantes, vestido con la toga tal como estaba.


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