Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXIII. Era tan sumamente aficionado, en cualquier momento y lugar, a la comida y al vino que, en cierta ocasión, al enterarse en el foro de Augusto de un banquete que se preparaba en el vecino templo de Marte para los Salios[45] y sentirse atraÃdo por el olor de la comida, abandonando el tribunal, subió a reunirse con los sacerdotes y se puso a comer con ellos. Casi nunca salÃa del comedor sin estar ahÃto de comida y atiborrado de vino, de forma que inmediatamente después, mientras dormÃa tendido sobre la espalda y con la boca abierta, se le introducÃa una pluma en ella para que vaciase el estómago. DormÃa muy poco —casi siempre, en efecto, se despertaba antes de la media noche—, pero durante el dÃa, en cambio, se adormecÃa con frecuencia mientras administraba justicia y a duras penas conseguÃan los abogados despertarlo, alzando adrede la voz. Sintió una desenfrenada pasión por las mujeres, pero no tuvo jamás trato carnal con hombre alguno. Era tan grande su afición a jugar a los dados —juego sobre el que incluso publicó un libro— que solÃa jugar también en sus desplazamientos, de manera que tenÃa su carruaje y el tablero preparados para que no se trastocasen las tiradas.