Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares X. Para hacer más ostensibles todavía sus propósitos, declaró que gobernaría según los dictados de Augusto y no dejó pasar ninguna oportunidad de hacer alarde de generosidad, clemencia y gentileza. Suprimió o rebajó los impuestos más gravosos. Redujo a una cuarta parte las recompensas a los delatores, contempladas en la Ley Papia[21]. Distribuyó al pueblo cuatrocientos sestercios por cabeza y, para los más ilustres de los senadores, pero que carecían de patrimonio, dispuso unos honorarios anuales de quinientos mil sestercios e, igualmente, un reparto gratuito mensual de trigo para las cohortes pretorianas. Además, cuando se le comunicaba la condena a muerte de algún ciudadano para que, según la costumbre, la firmase, comentaba: «¡Cuánto desearía no saber escribir!». Saludaba siempre a los miembros de ambos órdenes sociales por sus nombres y de memoria. Al Senado que le daba las gracias, le respondió: «Esperad a que lo haya merecido». Autorizó que el pueblo le acompañase cuando se ejercitaba en el Campo de Marte y, con frecuencia, declamó en público. Recitó sus versos, no sólo en privado, sino también en el teatro, con tanto placer de todos que, con motivo de uno de sus recitales, se decretó una acción de gracias a los dioses y que el fragmento de la poesía recitada por él se consagrase a Júpiter Capitolino, escrito en letras de oro.