Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XII. Estos juegos los contempló desde lo alto del proscenio. En el combate de gladiadores, que ofreció en un anfiteatro de madera construido en menos de un año en el Campo de Marte, no hizo morir a nadie, ni siquiera de entre los condenados que actuaban como gladiadores; pero hizo combatir en la arena, a la vista de todos, a quinientos senadores y seiscientos caballeros romanos, algunos de ellos de gran fortuna e inmaculada reputación, y, entre esos mismos estamentos sociales, reclutó algunos matadores de fieras y el personal encargado de los diferentes servicios de la arena. Ofreció un combate naval en las aguas del mar, en las que nadaban monstruos marinos y, también, algunas danzas pírricas, ejecutadas por un grupo de efebos[24], a quienes, acabada la representación, les obsequió con los certificados de ciudadanía romana. Entre los argumentos de las danzas pírricas, un toro copulaba con Pasifae[25], oculta en el interior de una réplica de madera de una ternera, con tal verismo que muchos espectadores se lo creyeron; luego, Ícaro[26], al primer intento, se precipitó junto a su palco y lo salpicó con su sangre. En contadas ocasiones acostumbraba Nerón presidir los espectáculos; por lo general solía contemplarlos recostado en un lecho, al principio a través de una celosía y, luego, desde uno de los podios[27], totalmente descubierto. Fue el primero en crear en Roma, a la usanza griega, un triple certamen quinquenal —musical, gimnástico e hípico—, que llamó «Neroniano», y, tras inaugurar unas termas y un gimnasio a este fin, obsequió al Senado y a los caballeros el aceite para ungirse. Al frente de cada una de las competiciones puso, por sorteo, a ex cónsules, en calidad de árbitros, ubicados en el palco de los pretores. Luego, Nerón bajó a la orquesta, a los asientos del Senado, y recibió la corona de vencedor del concurso de elocuencia y de poesía latina, por la que habían compartido los más ilustres ciudadanos, y que, por consenso de todos ellos, le fue otorgada; pero la que más le entusiasmó fue la del concurso de cítara, que le fue adjudicada por los jueces y que ordenó colocar a los pies de la estatua de Augusto. Durante el certamen gimnástico, que se celebraba en los Saepta, entre los preparativos de la hecatombe[28] se afeitó la barba por primera vez y, tras colocarla en una caja de oro adornada con costosísimas perlas, la consagró a los dioses en el Capitolio. Convidó también a las vírgenes Vestales a asistir a la competición atlética, ya que en Olimpia se autorizaba a las sacerdotisas de Ceres a contemplar el espectáculo.