Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XX. Al habérsele inculcado profundamente durante su niñez, entre las demás disciplinas, el arte de la música, cuando llegó a ser emperador, junto a otros llamó a palacio a Terpno, el citaredo de moda entonces y, sentándose después de cenar junto al rapsoda un día tras otro mientras éste cantaba hasta altas horas de la noche, el propio Nerón comenzó a practicar y a ejercitarse, sin omitir nada de todo aquello que los profesionales de la especialidad hacían para conservar la voz y para potenciarla —sostener sobre el pecho una lámina de plomo echado boca arriba, purgarse con vomitivos y lavativas y abstenerse de comer manzanas y alimentos perjudiciales—, hasta que, encantado con sus propios progresos, por más que su voz era oscura y carecía de potencia, se apoderó de él un ardiente deseo de presentarse en escena, repitiendo sin cesar ante sus familiares y amigos aquel proverbio griego, de que «no existe ningún respeto por la música oculta». Debutó en Nápoles y ni tan sólo al ser sacudido el teatro por un repentino terremoto dejó de cantar, hasta que hubo acabado la melodía que había iniciado. Allí mismo volvió a cantar con frecuencia y durante varios días. En cierta ocasión se tomó un descanso para recuperar la voz, pero impaciente por estar apartado de la escena, se trasladó de los baños al teatro y, después de comer en medio de la orquesta ante una numerosa concurrencia del pueblo, prometió en griego que, si se bebía unos buenos tragos, tañería alguna cosa soportable. Cautivado por las cadenciosas ovaciones de algunos alejandrinos que habían confluido en Nápoles a causa de un nuevo transporte de víveres, hizo venir de Alejandría a muchos más. Pero no por ello dejó de seleccionar por todas partes jóvenes adolescentes del orden ecuestre y más de cinco mil muy robustos jóvenes de entre la plebe, para que, divididos en grupos, aprendiesen esa forma rítmica de aplausos —que denominaban «zumbidos» «tejas» y «ladrillos»[36]— y dieran calor a su actuación mientras cantaba. Se distinguían esos muchachos por sus larguísimos cabellos, su extraordinaria elegancia y el anillo que llevaban en la mano izquierda, cuyos jefes ganaban cuatrocientos mil sestercios.


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