Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXII. Ya desde su infancia, le dominó una apasionada afición por los caballos, y sus más frecuentes conversaciones, aunque lo tenÃa prohibido, versaban sobre el circo. En cierta ocasión en que se lamentaba con sus condiscÃpulos de que un auriga del equipo verde hubiese sido arrastrado por sus caballos, cuando el maestro le reprendió, fingió que estaba hablando de Héctor[38]. Pero, ya en los primeros dÃas de su reinado, cuando todavÃa jugaba con cuadrigas de marfil encima de un tablero, se desplazaba desde su casa de campo a las carreras del circo, por poco importantes que fueran, al principio en secreto, luego abiertamente, de forma que nadie dudaba de que en aquellos dÃas se hallarÃa presente en Roma. No ocultaba tampoco que querÃa que se ampliase el número de vencedores, por lo que, multiplicando el número de carreras, prolongaba el espectáculo hasta muy tarde, de modo que los dueños de los diferentes equipos no se dignaban ya llevar sus yeguadas, si no era para un dÃa entero de carreras. Más adelante, quiso conducir personalmente una cuadriga y que la gente le viese a menudo. Asà pues, concluido su aprendizaje en su jardÃn entre sus esclavos y los más sórdidos elementos del pueblo, se mostró a los ojos de la multitud en el circo Máximo, dejando caer un liberto el pañuelo[39], desde el lugar donde suelen hacerlo los magistrados. Y no contento con haber regalado a Roma sus experiencias en este género de habilidades, desde aquÃ, como antes dijimos[40], se dirigió a Acaya, sumamente motivado. En efecto, aquellas ciudades griegas en las que solÃan hacerse certámenes habÃan decidido enviar a Nerón todas las coronas de las competiciones de cÃtara. Él, por su parte, las recibÃa con tanta satisfacción que a los embajadores que se las traÃan, no sólo los hacÃa pasar los primeros a su presencia, sino que en los banquetes los hacÃa sentarse entre sus familiares. En cierta ocasión en que algunos de estos embajadores le rogaron que cantase, le aplaudieron con tanto fervor que Nerón manifestó que «sólo los griegos sabÃan escuchar y que tan sólo ellos eran dignos de su arte». Asà pues, sin demorar más su partida, en cuanto llegó a Casiope[41], comenzó enseguida a cantar junto al altar de Júpiter Casio y, luego, tomó parte en todos los certámenes.