Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXIV. En las competiciones respetaba hasta tal punto las normas que nunca se atrevió a escupir ni a secarse con el antebrazo el sudor de la frente. Más aún, durante la representación de una tragedia, aunque recogió rápidamente el báculo que se le había caído, trastornado y temeroso de que por ese fallo fuera descalificado del concurso, no se tranquilizó hasta que el actor secundario[42] le juró, entre gritos jubilosos y ovaciones del público, que nadie se había dado cuenta. Él mismo se proclamaba vencedor, por lo que en todas partes asumía las funciones de pregonero. Y para que no quedase jamás recuerdo ni vestigio alguno de ningún otro vencedor de los juegos, ordenó que las estatuas y bustos de todos ellos fueran destruidos, arrastrados con garfios y arrojados a las letrinas. Actuó también como auriga en diversos lugares; en los juegos de Olimpia guió un tiro de diez caballos, aunque en una composición suya sobre el rey Mitridates le había criticado ese mismo hecho. No obstante, al salir despedido del carro y, a pesar de haberse subido de nuevo, no poder mantenerse en él, desistió antes de la conclusión de la carrera; pero no por ello dejó de ser coronado vencedor. Al marcharse de Grecia, obsequió con la libertad a toda la provincia y a sus jueces les otorgó la ciudadanía romana y un espléndido donativo en metálico. Recompensas que él mismo anunció de viva voz desde el centro del estadio el día de los juegos ístmicos.


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