Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXI. No obstante, en ninguna otra cosa derrochó más dinero que en construcciones. Se hizo edificar, en efecto, un palacio que se extendía desde el Palatino hasta las Esquilias, al que primero denominó «Transitorio» y, después de ser destruido por un incendio y reconstruido, llamó «La Casa de Oro». Para hacerse una idea de sus dimensiones y esplendor, bastará con exponer estos datos. Su vestíbulo era tal que en él se levantaba una estatua colosal de ciento veinte pies de altura, representación del propio Nerón; su amplitud era tal que el pórtico tenía tres millas; albergaba también un lago, a imitación del mar, rodeado de edificios que simulaban una ciudad; incluía, además, granjas con tierras de cultivo, viñedos y diversos pastos y bosques con multitud de animales y fieras de todas clases. En las otras dependencias, todo estaba recubierto de oro y engastado con perlas y conchas de perlas. Los comedores estaban artesonados con planchas de marfil móviles, para arrojar flores desde arriba, y perforadas, para poder esparcir perfumes. El comedor principal era circular y giraba permanentemente, de día y de noche, como el firmamento. Sus baños se alimentaban con agua de mar y con el agua procedente de las fuentes de Albula[47]. Cuando Nerón, una vez terminado, inauguró semejante palacio, se limitó a aprobar la obra y se dice que comentó que «por fin empezaría a vivir como un hombre». Había comenzado, además, una piscina desde el Miseno hasta el lago Averno, cubierta y rodeada de pórticos, adonde se encaminaran todas las aguas termales de Bayas. Inició también un canal desde el Averno hasta Ostia, para poder navegar hasta allí sin ir por mar, cuya longitud sería de ciento sesenta millas y su anchura tal que pudieran cruzarse en él dos navíos de cinco filas de remeros. A fin de concluir estas obras, ordenó que todos los presos de cualquier parte del Imperio fueran deportados a Italia y que a los reos convictos de asesinato no se les impusiese ningún otro castigo que el de trabajos forzados en esas obras. A este loco desenfreno de gastos le animó, además de su confianza en los recursos del Estado, una súbita esperanza de riquezas inmensas y ocultas, surgida de la revelación de cierto caballero romano que le había prometido formalmente que los enormes tesoros del antiquísimo patrimonio real, que la reina Dido se había llevado consigo al huir de Tiro, se hallaban escondidos en África, en unas grandes cuevas, y que podrían ser extraídos con un mínimo esfuerzo por unos simples peones.