Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXX. Estimaba que la utilidad de las riquezas y del dinero no era otra que el despilfarro; que los que llevaban cuenta de sus gastos eran unos mezquinos y avariciosos y que, en cambio, eran dignos de alabanza y generosos los que dilapidaban su patrimonio y se arruinaban. Por ningún otro concepto elogiaba y admiraba más a su tío abuelo Cayo[44] que por haber dilapidado en poco tiempo las inmensas riquezas que Tiberio le había dejado. En consecuencia, no conoció mesura alguna ni en sus larguezas ni en sus derroches. Con Tiridates —es difícil de dar crédito— malgastó ochocientos mil sestercios diarios y, al marcharse, le regaló más de cien millones. Al citaredo Menecrates y al mirmilón Espículo les regaló patrimonios y mansiones, como si fueran ciudadanos que hubieran recibido los honores del triunfo. Al usurero Cercopiteco Panerote, después de enriquecerlo con fincas urbanas y rústicas, le ofreció unas exequias casi propias de un rey. Nunca se puso dos veces el mismo vestido. En una sola tirada de dados se jugaba cuatrocientos mil sestercios. Pescaba con una red de oro y con cuerdas trenzadas de púrpura y escarlata. Se dice que nunca viajaba con menos de mil carruajes, con herraduras de plata para las mulas, con sus palafraneros vestidos con lana de Canusio[45] y con una multitud de mensajeros y de jinetes mazacos[46], cubiertos de brazaletes y collares.