Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXIII. La serie de sus parricidios y asesinatos comenzó con Claudio, de cuya muerte, si bien no fue el autor material, sí que fue cómplice, y no lo disimulaba, puesto que acostumbraba desde entonces alabar a las setas —alimento en el que se le había suministrado el veneno—, utilizando un proverbio griego que las consideraba un manjar de dioses[50]. Se ensañó con el difunto con toda clase de injurias, de hecho y de palabra, censurando unas veces su estupidez y otras su crueldad. Se chanceaba de él, en efecto, afirmando que Claudio había dejado de «morari»[51] entre los hombres (alargando la primera sílaba), y revocó muchos de sus decretos y disposiciones, como propias de un hombre necio y loco. Por último, no se preocupó de que su sepulcro fuese adecuadamente vallado y se limitó a hacerlo con una ligera y humilde cerca.









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