Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Envenenó también a Británico, no menos por la envidia que le tenÃa a causa de la voz —mucho más agradable que la suya—, que por el temor a que en cualquier momento su popularidad, debido al recuerdo de su padre, se hiciera mayor que la suya propia. El veneno se lo suministró una tal Lacusta, muy entendida en venenos, pero al actuar éste más lentamente de lo que se esperaba, provocando a Británico tan sólo una descomposición, llamando Nerón a la mujer a su presencia la azotó con sus propias manos, acusándola de haberle dado una medicina en lugar de un veneno. Al excusarse ella diciendo que le habÃa dado menos cantidad para encubrir un crimen tan abominable, replicó él: «¡Claro, tengo miedo de la Ley Julia!»[52], y la obligó a elaborar ante él, en su habitación, el veneno más veloz y más eficaz posible. Después de haberlo experimentado en un cabrito que tardó cinco horas en morir, le hizo cocerlo de nuevo varias veces y se lo dio a un lechón. Como el animal cayó fulminado, ordenó que llevasen el veneno al comedor y que se lo diesen a Británico, que estaba cenando con él. Como éste, nada más probarlo, cayó desplomado al suelo, Nerón fingió ante los comensales que Británico habÃa sufrido uno de sus acostumbrados ataques de epilepsia y, al dÃa siguiente, con gran sigilo, en medio de una lluvia torrencial, lo hizo enterrar sin ninguna solemnidad. A Lacusta, en pago del servicio prestado, le concedió, no sólo la inmunidad, sino también extensas fincas e incluso discÃpulos.