Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXIV. Nerón estaba harto de su madre, que desde siempre intentaba controlar sus actuaciones y sus palabras y le reprendía además con acritud. Por ello, procuraba al principio abrumarla de tanto en tanto con el odio popular, fingiendo que por su culpa iba a abandonar el poder y retirarse a Rodas; más tarde, le privó de todos sus honores y poder y, tras retirarle su escolta de pretorianos y germanos, la expulsó de su círculo íntimo e incluso de palacio. No paró mientes en medio alguno para hundirla, sobornando incluso a algunos individuos para que no la dejasen tranquila, poniendo pleitos contra ella, cuando residía en Roma, y cubriéndola de improperios y chanzas, cuando descansaba en su casa de campo, hasta donde los agentes de Nerón se trasladaban por tierra y por mar. Atemorizado, no obstante, por sus amenazas y coléricos arrebatos, decidió acabar con ella. Después de haber intentado envenenarla tres veces y darse cuenta de que ella se precavía tomando antídotos, preparó un artesonado que, por la noche, al activar un mecanismo, cayera sobre ella mientras dormía. Como este plan no lo mantuvieron sus cómplices suficientemente en secreto, ideó una nave desmontable para dar muerte a su madre, ya mediante un naufragio, ya aplastada al desplomarse el camarote. Así pues, simulando reconciliarse con ella, la invitó a Bayas[53] por medio de una carta muy cariñosa para celebrar en su compañía las fiestas en honor de Minerva. Tras encargar a los capitanes de sus trirremes que, fingiendo una colisión casual, inutilizaran la nave que la había transportado hasta allí, prolongó deliberadamente el banquete y, cuando Agripina pretendía regresar a Baulos[54], le ofreció, en lugar de su maltrecho navío, el que él tenía preparado, acompañándola entre bromas y besando sus mejillas al despedirse. El resto de la noche lo pasó vigilando y aguardando angustiado el resultado de su plan. Pero cuando se enteró de que todo había salido al revés y que ella, nadando, se había salvado, Nerón, sin plan alguno alternativo, tras dejar caer con disimulo un puñal junto a Lucio Agermo, liberto de su madre, que le comunicaba gozoso que ella estaba viva e incólume, ordenó, como si ella lo hubiese sobornado para que lo apuñalase, detenerlo, encarcelarlo y asesinar a su madre, fingiendo que se había suicidado para escapar al castigo de su descubierto crimen. Algunos escritores añaden a estos hechos confirmados otros, más atroces todavía. Afirman que corrió al lugar para ver el cadáver de su madre asesinada, que examinó y palpó los distintos miembros de su cuerpo, que criticó algunos de ellos y elogió otros y que, a todo esto, como tenía sed, se puso a beber. Sin embargo, a pesar de que las felicitaciones de los soldados, del Senado y del pueblo intentaron confortarlo, nunca pudo sobreponerse a los remordimientos de su crimen y confesó muchas veces que se sentía acosado por el fantasma de su madre y por los látigos y las ardientes antorchas de las Furias. Más aún, realizando mediante unos magos un rito religioso, intento evocar y aplacar los Manes de su madre. En un viaje a Grecia, no se atrevió a participar en los misterios de Eleusis, porque, por boca de un heraldo, se expulsaba de su iniciación a los impíos y criminales. Al parricidio de su madre sumó el asesinato de su tía paterna[55]. En una visita, en efecto, que le hizo cuando ella estaba en cama aquejada de estreñimiento, le acarició a Nerón su incipiente barba y, como suelen hacer los ya ancianos, le dijo cariñosamente: «En cuanto me la hayas ofrecido, no me importará morir»[56]. Nerón entonces, dirigiéndose hacia sus amigos comentó riendo que estaba dispuesto a cortársela al momento y ordenó al médico que diera una purga excesiva a la enferma; y antes de que hubiera muerto, se apoderó de todos sus bienes, haciendo desaparecer el testamento para no perder ni un ápice de su fortuna.


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