Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXV. Aparte de Octavia, tuvo después otras dos esposas: Popea Sabina, hija de un ex cuestor, casada ya previamente con un caballero romano, y luego, Estatilia Mesalina, biznieta de Tauro, que había ejercido dos consulados y recibido los honores del triunfo. Para conseguir a esta última, hizo degollar a su marido, el cónsul Ático Vestino, mientras ejercía el cargo. Aburrido rápidamente de hacer el amor con Octavia, cuando sus amigos se lo echaron en cara, replicó que a ella debía bastarle el honor de ser su esposa. Luego, la repudió por estéril, tras haber intentado en vano estrangularla, pero, al mostrarse disconforme el pueblo con ese divorcio y no cesar en sus improperios contra Nerón, éste la desterró y finalmente la hizo matar, acusándola de adulterio, acusación hasta tal punto cínica y falsa que, al rechazarla enérgicamente todos los testigos durante el proceso, tuvo que presentar a su propio preceptor Aniceto para que mintiese y jurase en falso que había mantenido relaciones sexuales con ella. Doce días después de su divorcio de Octavia se casó con Popea, a la que amó con especial predilección. No obstante también a ella la mató de una patada, cuando estaba embarazada y enferma, porque le había cubierto de insultos un día que regresó muy tarde del circo, donde había actuado como auriga. De Popea tuvo una hija, Claudia Augusta, que perdió en sus primeros meses de vida. No hubo ningún allegado suyo que no fuera víctima de sus crímenes. A Antonia, hija de Claudio, por rechazar casarse con él tras la muerte de Popea, la hizo matar, alegando que tramaba un golpe de Estado. De igual modo procedió con las restantes personas que estaban unidas a él por algún vínculo de parentesco o amistad; entre ellas, al joven Aulo Plaucio, a quien violó a la fuerza antes de darle muerte, diciendo que «vaya ahora mi madre y bese a mi sucesor», refiriéndose irónicamente al hecho de que su madre había amado a ese joven y le había hecho concebir esperanzas de llegar a ser emperador. A su hijastro Rufrio Crispino, hijo de Popea, lo hizo ahogar en el mar por sus propios esclavos mientras estaba pescando, porque, siendo todavía un niño, se decía que le gustaba jugar a ser general y emperador. Desterró a Tusco, hijo de su nodriza, porque, mientras era gobernador de Egipto, se había bañado en las termas construidas para celebrar su visita. Asu preceptor Séneca le obligó a suicidarse, aunque, cuando éste le pidió el retiro cediéndole, además, todos sus bienes, Nerón le había jurado solemnemente que sus sospechas eran falsas y que prefería morir antes que ocasionarle ningún daño. A Burro[57], el prefecto de la guardia pretoriana, le envió un veneno, en lugar de la medicina para la garganta que le había prometido. A los libertos ricos y ancianos que antaño habían propiciado su adopción y le habían asesorado en el ejercicio del poder, les dio muerte, envenenando sus comidas y bebidas.