Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXVI. Con no menor perversidad procedió contra los de fuera de su casa y los extraños. Durante varias noches seguidas apareció un cometa, estrellas que, según opinión generalizada, anuncian algún desastre para los máximos mandatarios. Angustiado por ese presagio, al saber por su astrólogo Balbilo que los reyes solían conjurar tales prodigios mediante alguna muerte ilustre, desviando de ese modo el presagio de sí mismos hacia las personas de los próceres, condenó a muerte a los más ilustres ciudadanos. Reafirmó en verdad su decisión, e incluso hizo parecer que había un motivo justificado, el hecho de haber sido dadas a conocer dos conjuraciones, la primera y más importante de las cuales, encabezada por Pisón, se había fraguado y descubierto en Roma, y la segunda, la de Vinicio, en Benevento. Los conjurados prestaron declaración cargados con una triple vuelta de cadenas, confesando algunos espontáneamente su crimen, y atribuyéndoselo otros como un mérito personal, alegando que, por su parte, no podían ayudar mejor a un emperador degenerado y encenagado en toda clase de infamias, que dándole muerte. Los hijos de los condenados fueron expulsados de Roma y eliminados con veneno o por hambre. Se sabe que algunos de ellos fueron envenenados y asesinados en una sola comida, junto con sus preceptores y esclavos acompañantes, y que a otros se les impidió procurarse su sustento diario.


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