Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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dijo Nerón: «Mejor aún; que sea estando yo vivo». Y en verdad así lo hizo. Pues, alegando que le molestaba la fealdad de los viejos edificios y la estrechez y el culebreo de las calles de Roma, prendió fuego a la ciudad tan a las claras que, aunque algunos ex cónsules sorprendieron a varios esclavos, ayudas de cámara de Nerón, con estopa y antorchas en sus propias casas, no los detuvieron y algunos graneros, situados junto a «La Casa de Oro» y cuyos solares le interesaban de modo muy especial, fueron derruidos e incendiados con máquinas de guerra por estar edificados con muros de piedra. Durante seis días y siete noches se ensañó con la ciudad esta tragedia, obligando a la plebe a refugiarse en los monumentos públicos y sepulcros. Durante este incendio, además de un incontable número de bloques de casas de pisos y de mansiones de antiguos generales, adornadas todavía con bélicos despojos, ardieron también muchos templos, edificados unos por los reyes y, otros, dedicados como exvoto por las guerras púnicas y las de las Galias, y, en suma, todo aquello digno de recuerdo y admiración que había permanecido en pie desde la antigüedad. Mientras contemplaba este incendio desde la torre de Mecenas[59], exultante de alegría «por la belleza de las llamas», como él decía, cantó La conquista de Troya vestido con el atuendo que utilizaba en escena. Además, a fin de arramblar también con todo el botín y pillaje que le fuera posible, después de prometer la extracción gratuita de todos los cadáveres y escombros, no permitió a nadie acercarse a los restos de sus pertenencias. Luego, a causa de las contribuciones, no sólo de las procedentes de la recaudación, sino también de las exigidas, además, esquilmó no sólo las provincias, sino incluso los recursos de los ciudadanos privados.


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