Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XL. Después de soportar el orbe de la tierra a semejante emperador algo menos de catorce años, consiguió por fin deshacerse de él, tomando los galos la iniciativa bajo el mando de Julio Víndex[65], que en aquellos días gobernaba la provincia como propretor. Los astrólogos habían antaño vaticinado a Nerón que algún día sería destituido; de donde aquella tan conocida frase suya: «Viviré de mi arte», excelente pretexto sin duda para dedicarse al arte de la cítara que, ahora que era emperador, le complacía y, cuando fuera un mero ciudadano, le sería necesaria. Algunos de ellos, no obstante, le habían prometido que, después de ser destituido, dominaría una parte del Oriente —algunos le habían especificado que sería el reino de Jerusalén— y otros muchos le habían augurado la recuperación de toda su anterior fortuna. Así pues, Nerón, más inclinado a dar crédito a este último vaticinio, después de haber perdido Britania y Armenia y haberlas recuperado de nuevo, consideraba que ya estaba libre de las desgracias que el destino le había asignado. Pero cuando escuchó, al consultar el oráculo de Apolo en Delfos, que debía precaverse del año 73, pensando que esa sería la edad de su muerte, sin pararse a pensar en la edad de Galba[66], concibió con tanta confianza la idea de que, no sólo llegaría a la vejez, sino que disfrutaría también de una perpetua y singular felicidad, que, cuando perdió en un naufragio pertenencias suyas de extraordinario valor, no dudó afirmar entre los suyos que los peces se las devolverían. De la sublevación de las Galias tuvo noticia en Nápoles el mismo día[67] que había matado a su madre, pero se lo tomó con tanta parsimonia y tranquilidad que dio incluso la impresión de alegrarse, como si ese hecho le brindara la posibilidad de espoliar por derecho de guerra unas provincias tan sumamente ricas. Acto seguido, se dirigió al gimnasio y contempló con grandes muestras de interés a los atletas que competían. Al ser interrumpido durante la cena por unas cartas en extremo alarmantes, montó en cólera, pero se limitó a amenazar con graves castigos a los que se habían sublevado. Por último, durante siete días seguidos, borró de su memoria la situación con un completo silencio, sin preocuparse de contestar a nadie, ni de mandar o disponer cosa alguna.