Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Pero al ir llegando continuamente noticias a Roma, cada una de ellas más apremiante que la anterior, regresó a la ciudad lleno de pánico, aunque durante el viaje se animó algo gracias a un trivial augurio: en efecto, al observar esculpido en un monumento un soldado galo, aprehendido y arrastrado por los cabellos por un jinete romano, saltó de gozo ante esa representación y dio gracias al cielo por ello. Pero, sin convocar ni siquiera en esas circunstancias al Senado ni al pueblo, hizo acudir a su palacio a algunos de los más importantes ciudadanos y, concluida apresuradamente la consulta, se pasó el resto del dÃa dedicado a su nuevo órgano hidráulico, de un modelo nuevo y desconocido, enseñándoles todos sus detalles y comentando su funcionamiento y dificultad, asegurando que presentarÃa todo aquello en el teatro, «si VÃndex se lo permitÃa».