Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLII. Finalmente, después de enterarse de que también Galba y las Españas[68] se habían sublevado, conmocionado y abatido, permaneció largo tiempo acostado, sin habla y como muerto. Cuando volvió en sí, rasgándose la túnica y golpeándose la cabeza, afirmó que estaba acabado y, a su nodriza, que miraba de consolarlo recordándole que ya a otros emperadores les habían ocurrido hechos similares, le replicó que él, a diferencia de los otros, padecía una situación insólita y desconocida, puesto que iba a perder el poder supremo en vida. Pero no por ello prescindió ni disminuyó en nada su acostumbrada vida de lujo e indolencia. Más aún, en cierta ocasión en que, después de un copiosísimo banquete, se le anunció una buena noticia de las provincias, entonó con petulancia, acompañándolos con mímica, unos irónicos versos —que después se divulgaron— contra los jefes de la sedición. Luego, haciéndose llevar en secreto a los espectáculos del teatro, le envió una misiva a cierto actor de moda diciéndole que «se aprovechaba de que él, el emperador, estuviera tan ocupado».