Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XLIII. Se cree que, nada más comenzar la sublevación, Nerón había proyectado numerosas medidas, totalmente desmesuradas, pero que comulgaban con su forma de ser: por ejemplo, enviar en secreto sustitutos que asesinaran a los jefes de las provincias y del ejército, como si todos ellos fuesen conspiradores y actuasen al unísono; asesinar a todos los exiliados, donde quiera que estuviesen, y a todos los galos que se hallasen en Roma, a aquéllos para evitar que pudiesen unirse a los sediciosos y a éstos como cómplices y partidarios de sus compatriotas; entregar las Galias al ejército para su saqueo y pillaje; envenenar, valiéndose de un banquete, al Senado en pleno; prender fuego a la ciudad, después de haber soltado las fieras entre la gente, para que les resultara más difícil combatir las llamas. Desistiendo, no obstante, de todos estos proyectos, no por arrepentimiento, sino por la imposibilidad de llevarlos a cabo, y creyendo necesaria una expedición militar, destituyó a los cónsules antes de acabar su mandato y asumió él solo el consulado en lugar de ambos cónsules, como si fuese una decisión de los hados que las Galias no podían ser sometidas si no era por un único cónsul. Una vez en poder de las fasces, al salir del comedor después de un banquete, aseguró, apoyándose en los hombros de sus amigos, que tan pronto llegase a la provincia se plantaría desarmado ante el ejército, limitándose a llorar, y que, al día siguiente, después de que los sublevados se hubieran arrepentido, cantaría lleno de gozo, entre la alegría general, un cántico de victoria que ya ahora convenía que empezase a componer.


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