Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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Hiere mis oídos el galope de ágiles caballos[76],

y acercó el hierro a su garganta con la ayuda de Epafrodito, su secretario. Todavía agonizaba cuando irrumpió un centurión y, al aplicarle éste su capote sobre la herida simulando socorrerle, Nerón le dijo únicamente: «Demasiado tarde» y «Ésta sí que es fidelidad». Con estas palabras expiró con los ojos rígidos y saliéndosele de las órbitas para horror y espanto de los allí presentes. Ninguna otra cosa había pedido a sus acompañantes con mayor prioridad e insistencia que el que no permitieran a nadie hacerse con su cabeza, sino que, fuera como fuese, le incineraran entero. Accedió a ello Icelo, un liberto de Galba, liberado hacía poco de la cárcel, adonde había sido arrojado al comienzo de la insurrección.

L. Se celebraron sus exequias, con un coste de doscientos mil sestercios, y se le enterró amortajado con la blanca vestidura, bordada en oro, que había utilizado en las calendas de enero[77]. Sus nodrizas Égloge y Alejandría, junto con su concubina Acte, depositaron sus restos en el sepulcro familiar de los Domicios, que, ubicado en la colina de los Jardines[78],se divisa desde el Campo de Marte. En dicho sepulcro, su sarcófago de pórfido, sobre el que se halla un ara de mármol de Luna[79], se encuentra rodeado por una balaustrada de piedra de Tasos[80].


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