Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLIX. Seguidamente, como sus compañeros le instaban por todos los medios a que cuanto antes se guardase de los ultrajes que le aguardaban, ordenó que excavaran una fosa ante él, de acuerdo con las medidas que se habían tomado de su propio cuerpo, que dispusiesen en torno a ella algunos trozos de mármol, si encontraban algunos por allí, y que trajeran agua y leña para lavar y quemar después su cadáver. A todo esto, no cesaba de llorar, repitiendo continuamente: «¡Qué gran artista muere conmigo!». Durante estos preparativos, le arrebató de las manos y leyó un escrito que un mensajero había traído a Faetón en el que se decía que Nerón había sido declarado por el Senado enemigo público y que se le buscaba para ser ajusticiado según la ancestral tradición. Preguntó entonces en qué consistía esa ejecución y, al enterarse de que al reo, desnudo, se le sujetaba el cuello con una horca y se le flagelaba el cuerpo hasta la muerte, aterrado, cogió dos puñales que se había llevado consigo y, tras comprobar el filo de ambos, los envainó de nuevo, pretextando que todavía no había llegado su última hora. Luego, unas veces exhortaba a Esporo a que empezase a lamentarse y a llorar, o suplicaba, otras, que alguno, con su ejemplo, le ayudara a darse la muerte. Entre tanto se reprochaba su propia cobardía con estas palabras: «Vivo con ignominia y con deshonor»; «no es digno de Nerón, no lo es»; «en estos momentos es preciso estar sereno»; «¡vamos, despierta!». Ya se acercaban los jinetes a quienes se les había ordenado aprehenderlo vivo. Cuando oyó su galope, dijo entrecortadamente: