Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLVIII. Pero, deteniéndose de nuevo en su carrera, le apeteció un escondite algo más íntimo para recobrar ánimos y, al ofrecerle su liberto Faón su casa en los aledaños de la ciudad, entre la vía Salaria y la Nomentana alrededor del cuarto miliario, Nerón, tal como estaba, descalzo y con túnica, se echó por encima un capote de viaje de un color inusitado y, cubriéndose la cabeza con un pañuelo que le tapaba también el rostro, montó a caballo con sólo cuatro acompañantes, entre los que se encontraba Esporo. Aterrado enseguida por un terremoto y un rayo caído frente a él, escuchó también el clamor de los soldados de un campamento próximo que hacían votos en contra suya y en favor de Galba, así como también a uno de los viandantes con los que se cruzaban que exclamaba: «Éstos deben perseguir a Nerón», y a otro que le preguntaba: «¿Hay algo nuevo en Roma sobre Nerón?». Además, al encabritarse su caballo por el hedor de un cadáver arrojado a la carretera, quedó su rostro al descubierto y fue reconocido y saludado por un pretoriano ya licenciado. Cuando llegaron a un atajo abandonaron los caballos y, caminando penosamente por un sendero entre arbustos y espinos, y gracias tan sólo a que extendieron un manto bajo sus pies, consiguió llegar a la pared trasera de la casa de campo. Al proponerle el propio Faón que, mientras tanto, se cobijase en una cueva formada por la extracción de arena, Nerón se negó, diciendo que mientras estuviese vivo no se metería bajo tierra. Tras haberse detenido unos momentos, mientras se preparaba para entrar clandestinamente en la casa, cogió con sus manos, de una charca que había a sus pies, un poco de agua para beber, exclamando: «Éste es el refrigerio de Nerón». Luego, con el capote desgarrado por los espinos se protegió de las zarzas que invadían su camino y así, tras ganar a gatas por el estrecho paso que habían abierto la habitación más próxima, se dejó caer sobre un lecho provisto de un sucinto colchón y de un viejo manto a guisa de cobertor. Acuciado de nuevo por el hambre y la sed, rechazó un trozo de pan negro que le ofrecieron, pero bebió unos sorbos de agua tibia.