Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Nerón comenzó a acariciar diversos planes: ¿Se dirigiría como suplicante a los partos o a Galba, o más bien, vestido de negro, debía mostrarse en público y desde los rostra implorar el perdón de sus anteriores delitos, infundiendo toda la compasión que pudiese, y, si no conseguía doblegar los corazones, suplicar que se le concediera al menos la prefectura de Egipto? Se encontró después, en su escritorio, un discurso compuesto a este fin, pero se cree que no se atrevió a pronunciarlo para evitar ser despedazado antes de que pudiese llegar al foro. Así pues, aplazó la decisión hasta el día siguiente, pero, cuando al despertarse a media noche averiguó que su escolta militar le había abandonado, saltó de la cama y envió a buscar a sus amigos, mas, al no recibir respuesta de ninguno de ellos, él personalmente, acompañado de unos pocos, se dirigió a casa de cada uno de ellos para pedir hospitalidad. Pero, como todas las puertas permanecieron cerradas y ninguno de ellos le respondió, volvió a su habitación, de donde ya habían huido incluso los vigilantes, después de robarle los cobertores y llevarse la caja del veneno. Luego, se puso a buscar enseguida al mirmilón Espículo o a cualquier otro sicario que le diera muerte con sus manos, pero, al no encontrar a nadie, exclamó: «Así pues, ¿lo he de hacer yo mismo? ¿No tengo ni un amigo ni un enemigo?». Y se puso a correr como si fuera a arrojarse al Tíber.