Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Me ordena morir mi esposa, mi madre, mi padre.
XLVII. Anunciada mientras tanto la sublevación también de los demás ejércitos, hizo pedazos la carta que había recibido mientras comía, volcó la mesa, estrelló en el suelo dos copas que le encantaban y a las que llamaba «homéricas», por tener cincelados algunos pasajes de las obras de Homero, y, recibiendo de manos de Locusta un veneno, después de guardarlo en una caja de oro, se trasladó a los jardines de Servilio, donde, tras enviar a sus más fieles libertos a Ostia para que aparejasen la flota, sondeó a los tribunos y centuriones del pretorio sobre la posibilidad de huir juntos. Pero, como unos contestaban con evasivas, otros se manifestaban abiertamente en contra e incluso uno llegó a decir a gritos:
¿Acaso es tan triste morir?[75]