Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLVI. Se hallaba aterrado, además, por innegables prodigios, tanto antiguos como nuevos, manifestados en sueños, augurios y presagios. Él, que antes no solía soñar nunca, después de muerta su madre vio en sueños que se rompía el timón de una nave que él gobernaba, que era arrastrado por su esposa Octavia a unas espesísimas tinieblas y que, unas veces, su cuerpo se cubría de hormigas aladas y, otras, las estatuas de los pueblos, erigidas junto al teatro, le rodeaban y le impedían avanzar; soñó también que su corcel asturiano, que era su preferido, se transformaba en simio en sus cuartos traseros y que por la cabeza, la única parte intacta de su cuerpo, emitía cantarines relinchos. Se escuchó también una voz procedente del Mausoleo[73], cuyas puertas se habían abierto de par en par espontáneamente, que le llamaba por su nombre. En las calendas de enero, los dioses Lares, ya engalanados, cayeron a tierra durante la preparación del sacrificio. En otra ocasión, mientras él tomaba los augurios, Esporo le ofreció un anillo como obsequio, en cuya piedra preciosa estaba esculpido el rapto de Proserpina. En la solemne formulación de los votos[74], cuando ya había una nutrida presencia de los estamentos sociales, costó mucho encontrar las llaves del Capitolio. Cuando, con motivo de un discurso que pronunciaba en el Senado despotricando contra Víndex, anunció que los sediciosos serían castigados y que en breve obtendrían el final que merecían, exclamaron todos los senadores: «¡Tú lo obtendrás, Augusto!». También se había observado que la última obra que había cantado en público era Edipo exiliado y que concluía con este verso: