Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LIII. Por encima de todo anhelaba la popularidad, rivalizando con todos aquellos que de alguna forma contaban con la admiración del pueblo. Se rumoreó incluso que, tras las coronas obtenidas en la escena, el próximo lustro, en Olimpia, descendería a la palestra para competir entre los atletas. De hecho, se entrenaba con asiduidad en la lucha y había contemplado siempre las competiciones gimnásticas en toda Grecia sentado en el suelo del estadio, como los árbitros, y, si una pareja de luchadores se apartaba demasiado, poniéndose en medio de ellos, los arrastraba con sus propias manos al lugar debido. Puesto que ya había alcanzado la fama de ser semejante a Apolo en el canto y, al Sol, en la conducción de cuadrigas, había planeado también imitar las hazañas de Hércules. Aseguran que tenía dispuesto un león para, desnudo, abatirlo con su maza o estrangularlo entre sus brazos sobre la arena del anfiteatro, ante la expectación del público.
LIV. Poco antes de su muerte, había prometido públicamente que, si continuaba siendo emperador, actuaría en los juegos organizados para celebrar su victoria, tocando el órgano hidráulico, la flauta y la gaita y que, el último día, como histrión, representaría bailando el Turno[81] de Virgilio. Hay quienes aseguran que hizo matar a Paris, un actor de mimos, por considerarlo un serio rival.