Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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IX. Durante ocho años gobernó la provincia de forma variable y desigual: al principio, estricto e inflexible y, en la represión de los delitos, incluso exagerado. En efecto, a un cambista que estafaba a sus clientes, le cortó ambas manos y las clavó en su mostrador; a un tutor que había envenenado a su pupilo para heredar en su lugar, lo hizo crucificar y, al invocar éste llorando la protección de las leyes, asegurando que era ciudadano romano[25], Galba, como para suavizar el castigo con una cierta compensación y consideración, ordenó que se cambiase la cruz por otra mucho más alta que las demás y pintada de blanco. Paulatinamente, sin embargo, cayó en la desidia y la pereza, para no hacerse sospechoso a Nerón y, como solía decir, «porque nadie estaba obligado a rendir cuentas de no hacer nada». Mientras administraba justicia en Cartago Nova[26], se enteró, al solicitarle el legado de Aquitania que le enviase refuerzos, que las Galias se habían sublevado. Le llegó también enseguida una carta de Víndex[27] pidiéndole que, como libertador y jefe, se pusiera al servicio del género humano. No duró mucho su indecisión; movido en parte por el miedo y en parte por la esperanza, aceptó el ofrecimiento. Por un lado, en efecto, se había apoderado de unas órdenes estrictas, enviadas en secreto por Nerón a sus procuradores, disponiendo su asesinato y, por otro, se consolidaban sus esperanzas gracias a los muy favorables auspicios y augurios y al vaticinio de una ilustre virgen, tanto más cuanto que también el sacerdote de Júpiter en Clunia[28], advertido en sueños, había extraído del interior del santuario unas predicciones en el mismo sentido, pronunciadas doscientos años antes por otra también profética muchacha. El contenido de estas predicciones era que «algún día surgiría de España el príncipe y señor del mundo».


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