Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares X. Así pues, subiendo a su tribunal como si fuese a proceder a la manumisión de esclavos, después de colocar delante de él el mayor número posible de retratos de las personas condenadas y muertas por Nerón y teniendo a su lado a un ilustre joven exiliado, que había hecho venir de la más cercana isla de las Baleares, deploró la condición de los tiempos y, al ser vitoreado como emperador, replicó que él era tan sólo un legado del Senado y del pueblo romano. Habiendo decretado a continuación el cierre de los tribunales de justicia, reclutó varias legiones y tropas auxiliares entre la gente de la provincia, aparte de su ejército originario, formado por una legión, dos alas de caballería y tres cohortes. Constituyó luego una especie de Senado, compuesto por los individuos más importantes y distinguidos del país por su prudencia y edad, a quien reportar todos los asuntos de importancia, siempre que fuera necesario. Escogió también jóvenes del orden ecuestre quienes, manteniendo el uso de sus respectivos anillos de oro, se llamarían «los elegidos» y montarían guardia junto a sus habitaciones, en lugar de los soldados. Envió también manifiestos por las provincias invitando a todos y a cada uno a unirse a la sublevación y, de la forma que cada uno pudiese, prestar su ayuda a la causa común. Casi por aquellos mismos días, durante la fortificación de la plaza fuerte que había elegido como cuartel general para la guerra, se encontró un anillo, muy antiguo, en cuya piedra preciosa se había grabado una Victoria con un trofeo. A continuación, procedente de Alejandría, arribó a Dertosa[29] una nave cargada de armas, sin capitán, sin timonel y sin marino alguno, por lo que nadie abrigó ya la más mínima duda de que se emprendía, con el favor de los dioses, una guerra justa y sagrada. Pero, súbita e inesperadamente, todos estos preparativos estuvieron a punto de irse al traste. Una de las alas de caballería, arrepentidas de haber roto su juramento militar, intentó abandonar a Galba cuando éste se aproximaba al campamento, y sólo a duras penas se pudo evitar su deserción. Por otra parte, unos esclavos que le había obsequiado un liberto de Nerón y a los que había preparado para que le dieran muerte, estuvieron a punto de asesinarlo cuando por una calleja se dirigía a los baños públicos; pero, al animarse mutuamente a no desaprovechar aquella oportunidad y ser interrogados a qué oportunidad se referían, les arrancaron bajo suplicio la confesión de sus planes.