Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VII. Por fin, se presentó en el Senado cuando ya declinaba el día y, después de pronunciar un breve discurso, aparentando haber sido raptado en la calle y obligado a la fuerza a asumir el Imperio, y de afirmar que gobernaría conforme a los comunes deseos de todos, se dirigió a palacio. Además de las lisonjas de los que le felicitaban y adulaban, cuando la chusma le aclamó dándole el nombre de Nerón, no dio la más mínima muestra de rechazar ese título, bien al contrario, como algunos refirieron, en sus primeros documentos oficiales y cartas a algunos gobernadores de provincias, agregó a sus propios nombres el de Nerón. De hecho, toleró que se repusiesen sus bustos y estatuas, repuso a sus libertos y procuradores en los cargos que ocupaban bajo su reinado y la primera disposición que firmó como emperador fue destinar cincuenta millones de sestercios para terminar «La Casa de Oro». Se cuenta que aquella noche, aterrado, emitió profundos gemidos mientras dormía, que fue encontrado por sus servidores echado en el suelo ante su cama y que había intentado aplacar con toda clase de sacrificios expiatorios los Manes de Galba, por quien se había visto en sueños hostigado y expulsado de su lecho. Se dice también que, al día siguiente, al formarse una tormenta mientras tomaba los augurios, cayó al suelo, murmurando sin cesar:
¿Qué necesidad tenía yo de flautas tan grandes?[9]