Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VIII. Durante aquellos mismos días, los ejércitos de Germania habían jurado fidelidad a Vitelio. Al enterarse Otón de ello, propuso al Senado enviarle una delegación que le hiciese saber que ya había sido elegido un emperador y que le persuadiera a mantenerse en paz y concordia. Además, a través de mensajeros y cartas, ofreció a Vitelio compartir con él el Imperio y convertirse en su yerno. Mas la guerra era ya segura y, al aproximarse los generales y las tropas que Vitelio había enviado por delante, pudo comprobar el afecto y fidelidad hacia su persona por parte de los pretorianos, que estuvieron a punto de exterminar al Senado. Le había parecido conveniente que los soldados de marina transportaran y trajesen armas a Roma con sus naves. Cuando, de noche, introducían éstas en el campamento, recelando algunos pretorianos que se trataba de una intriga contra Otón, provocaron un tumulto y, súbitamente, de forma anárquica, corrieron todos hacia palacio, exigiendo la muerte de todos los senadores. Allí, tras rechazar y dar muerte a algunos de los tribunos que intentaban impedirles el paso, manchados de sangre tal como estaban, irrumpieron en el comedor preguntando dónde estaba el emperador y no desistieron de su actitud hasta que lo vieron. Otón inició su campaña militar sin demora e incluso con precipitación, sin preocuparse lo más mínimo, no sólo de los aspectos religiosos, sino tampoco de que los escudos sagrados[10] hubiesen sido sacados de su sitio y no se hubieran guardado todavía, lo cual, desde la más remota antigüedad, se había considerado de mal augurio; era además el día en el que los seguidores de la madre[11] de los dioses iniciaban sus lamentos y llantos y, por si fuera poco, los augurios eran sumamente desfavorables. En efecto, la víctima sacrificada a Plutón había ofrecido favorables auspicios, siendo así que en los sacrificios a este dios son preferibles los presagios funestos; por otra parte, nada más salir de Roma, tras haberse visto retrasado por las inundaciones del Tíber, se encontró la carretera cortada, junto al vigésimo miliario, por los escombros de los edificios en ruinas.