Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares II. Muchos historiadores, por el contrario, aseguran que el fundador del linaje fue un liberto. Casio Severo[5] y otros muchos añaden que ese liberto fue un zapatero remendón, cuyo hijo, tras acumular una gran fortuna con las subastas y sus actuaciones como acusador público, se casó con una ramera, hija de un tal Antíoco, que ejercía como panadero, y tuvo de ella un hijo que llegó a ser caballero romano. Pero, cuando hay posturas tan divergentes, la más probable es la intermedia. La realidad es que Publio Vitelio, nacido en Nuceria, ya de rancio abolengo, ya de padres y abuelos motivo de vergüenza, caballero romano e intendente de Augusto, dejó cuatro hijos, todos ellos con el mismo sobrenombre y que se distinguían tan sólo por el nombre propio: Aulo, Quinto, Publio y Lucio, que escalaron las más altas dignidades. Aulo, amante del lujo y famoso por la magnificencia de sus convites, murió durante su propio consulado, que había comenzado con Domicio, el padre de Nerón. Quinto fue privado del orden senatorial, cuando, por iniciativa de Tiberio, se decretó que fueran apartados y destituidos los senadores menos idóneos. Publio, íntimo amigo de Germánico, acusó e hizo condenar a Cneo Pisón como enemigo y asesino de Germánico. Después de haber ejercido el cargo de pretor, al ser detenido como uno de los cómplices de Sejano y ser confiado a la custodia de su hermano, se abrió las venas con un estilete de escritura, pero luego permitió que le vendaran y curasen, no tanto por arrepentirse de haber intentado suicidarse cuanto por las súplicas de los suyos, y murió posteriormente de enfermedad, estando todavía bajo custodia de su hermano. Lucio, nombrado gobernador de Siria al acabar su consulado, persuadió con gran habilidad a Artabán, rey de los partos, no sólo a entrevistarse con él, sino incluso a rendir homenaje a las enseñas de las legiones. Luego, tras dos consulados ordinarios con el emperador Claudio como colega, ejerció, también con él, el cargo de censor. Asumió la regencia del Imperio en ausencia de Claudio, durante la expedición militar de éste a Britania. Era hombre íntegro y hábil, pero muy desacreditado por sus amores con una liberta, con cuya saliva mezclada con miel, a manera de medicina, se cuidaba los bronquios y la garganta; y no a escondidas y de cuando en cuando, sino abiertamente y cada día. De admirable ingenio para la adulación, fue también el primero que introdujo la costumbre de adorar a Cayo César[6] como a un dios, cuando, a su regreso de Siria, no se atrevió a presentarse ante Calígula, sino llevando cubierta la cabeza, girando a su alrededor y, por último, cayendo de rodillas a sus pies. Para no escatimar recurso alguno a fin de ganarse a Claudio, que estaba completamente dominado por sus mujeres y libertos, rogó a Mesalina, como favor personal, que le mostrara sus pies para descalzarlos; cuando le hubo quitado el zapato derecho, lo guardó y llevó siempre entre la toga y la túnica, y de vez en cuando lo besaba. Rindió culto también, entre sus propios Lares, a los bustos de oro de Narciso y Palante. Suya es igualmente la frase «que puedas repetirlos muchas veces», cuando felicitaba a Claudio por la celebración de los juegos seculares[7].