Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VII. Galba, inesperadamente, lo envió como gobernador a Germania inferior. Creen algunos que Vitelio tuvo la ayuda y el respaldo de Tito Vinio, sumamente influyente en aquellos días, cuyo favor se había granjeado ya desde hacía tiempo por ser ambos partidarios de los Azules; el hecho, sin embargo, de que Galba hubiese manifestado públicamente que nadie era menos temible que el que sólo piensa en comer y que Vitelio, con los recursos de la provincia, podría saciar su insaciable gula, puso en evidencia para todo el mundo que el nombramiento se debía más al desprecio que a la consideración hacia Vitelio. Se sabe a ciencia cierta que, a punto ya de emprender el viaje, no disponía de los recursos necesarios debido a que la penuria familiar era tan grande que, tras acomodar a su mujer e hijos, que dejaba en Roma en unas habitaciones de alquiler, tuvo que arrendar su propia casa el resto del año y empeñar una gran perla, que arrancó de la oreja de su madre, para poder costear los gastos del desplazamiento. De la multitud de sus acreedores, que le aguardaban y pretendían impedir su viaje, entre ellos los habitantes de Sinuesa y Formia, de cuyas rentas públicas se había apropiado, únicamente pudo liberarse intimidándolos con la amenaza de falsas acusaciones, llegando, de hecho, a acusar por injurias, so pretexto de que le había dado una patada, a un liberto que le reclamaba el pago de su deuda con pertinaz insistencia, y no retiró la acusación hasta que le hubo extorsionado cincuenta mil sestercios. El ejército, molesto con el emperador y predispuesto a la sedición, recibió encantado y con los brazos abiertos, como si de un regalo de los dioses se tratara, al recién llegado general, hijo de un ciudadano tres veces cónsul, en la flor de la edad y con un carácter amable y generoso. Vitelio, por su parte, con sus recientes demostraciones había acrecentado, incluso, esa opinión que ya desde antiguo tenían sobre su persona, besando durante todo el viaje aun a los soldados rasos con los que se encontraba y mostrándose singularmente amable en todos los establos y posadas con los muleros y viajeros, hasta el extremo de interesarse por la mañana «si ya habían almorzado», dando a entender, por su parte, con un eructo que él ya lo había hecho.