Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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VIII. Una vez en el campamento, no negó a nadie petición alguna e incluso, por propia iniciativa, suprimió las notas infamantes a los señalados con ellas, los castigos a los ya condenados y los harapos[9] a los acusados. Por todo ello, apenas pasado un mes, sin tener en cuenta el día ni la hora, después de ser sacado de sus aposentos de repente y al anochecer por los soldados, vestido tal como estaba con ropa de casa, fue saludado como emperador y llevado en volandas por las calles más concurridas, sosteniendo desenvainada la espada del divino Julio, sacada del templo de Marte, que uno de los soldados le había entregado así que comenzaron a vitorearlo. Y no regresó al pretorio[10] hasta que, al estar en llamas el comedor por haber prendido en él el fuego del hogar y ante la general consternación e inquietud, como si se tratase de un funesto presagio, exclamó Vitelio: «Estad tranquilos. Resplandece para nosotros». Ésta fue toda su arenga a los soldados. Por último, al recibir también la adhesión del ejercito de la Germania superior, que era el primero en haberse apartado de Galba en favor del Senado, recibió con satisfacción el sobrenombre de Germánico que todos le habían ofrecido, dejó para más tarde el de Augusto y rechazó para siempre el de César.




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