Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares IX. Al recibir poco después la noticia de la muerte de Galba, tras poner en orden los asuntos de la provincia, dividió sus tropas para enviar enseguida parte de ellas a enfrentarse con Otón y conducir luego él mismo las restantes. Cuando partía el ejército que había enviado por delante, acaeció un feliz augurio, pues, de súbito, desde el lado derecho, llegó volando un águila que, después de sobrevolar las enseñas, se puso al frente de los soldados que ya habían iniciado la marcha. Por el contrario, cuando el propio Vitelio se ponía en camino, las estatuas ecuestres, que en diversos lugares le habían dedicado, rotas súbitamente las patas, cayeron al unísono y la corona de laurel, con la que con gran respeto se había ceñido, se le cayó a un riachuelo. Poco después, en Viena[11], cuando impartía justicia en el tribunal, un gallo se puso sobre sus hombros y luego sobre su cabeza. El resultado final respondió a estos prodigios: consolidado, en efecto, como emperador por sus lugartenientes, él, por su parte, fue incapaz de conservar el Imperio en sus manos.