Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares X. Cuando se hallaba todavía en la Galia fue informado de la batalla de Bedriaco y de la muerte de Otón. Entonces, sin dudarlo ni un momento, licenció mediante un único decreto a todas las cohortes pretorianas, por su pésimo ejemplo[12], y les ordenó entregar sus armas a los tribunos. Ordenó, además, buscar y ejecutar a ciento veinte pretorianos, al haber encontrado sus solicitudes, dirigidas a Otón, reclamando una recompensa por el servicio prestado con el asesinato de Galba; medida, en verdad, egregia y espléndida, que despertaba esperanzas de que sería un excelente emperador, si en sus restantes decisiones no hubiese obrado más en consonancia con su carácter y sus antecedentes que con la majestad del Imperio. Así pues, una vez iniciado su viaje, atravesó en carro las diferentes ciudades con el ceremonial propio de los generales que celebraban el triunfo, surcó los ríos en exquisitos navíos engalanados con toda clase de guirnaldas, se vio abrumado por copiosísimos festines con toda clase de manjares, y todo ello sin la menor disciplina por parte de sus servidores y esclavos, cuyos robos y desmanes se tomaba él a broma. Éstos, no contentos con los banquetes que oficialmente se les ofrecían en todas partes, otorgaban la libertad a quienes les apetecía, azotando y apalizando a los que se enfrentaban a ellos, dejándolos maltrechos en muchas ocasiones y, a veces, llegando a matarlos. Cuando llegó a la planicie donde se había celebrado la batalla, al mostrar su repugnancia algunos de sus camaradas ante el hedor de los cadáveres, tuvo la desfachatez de animarlos con la abominable afirmación de que «un enemigo muerto despedía un delicioso aroma, y que todavía olía mejor, si se trataba de un conciudadano». No obstante, para aliviar el repugnante olor, se bebió delante de todos un largo trago de vino e hizo servirlo a todos los demás. Con la misma frivolidad y arrogancia, al contemplar una lápida con una inscripción[13] en honor de Otón, manifestó que en verdad era digno de ese mausoleo y envió a la colonia Agripina[14] el puñal con el que Otón se había suicidado, para consagrárselo a Marte. Incluso celebró una fiesta nocturna en las cumbres de los Apeninos.