Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XV. Durante el octavo mes de su reinado[22] se sublevaron contra él los ejércitos de Mesia y de Panonia, y también los de Judea y de Siria, provincias estas últimas al otro extremo del mar. Todos ellos juraron fidelidad a Vespasiano, unos en su presencia y otros sin que estuviera presente. En consecuencia, Vitelio, para retener la adhesión y el favor de los restantes ejércitos, repartió dinero a manos llenas sin escatimar ningún recurso, ni público ni privado. También llevó a cabo una leva en Roma con grandes alicientes, pues, no sólo les prometía a los voluntarios el licenciamiento después de la victoria, sino también las recompensas propias de los veteranos y las de la jubilación. Como los enemigos le hostigaban por mar y por tierra, por un lado les opuso a su hermano al frente de la flota, con los reclutas y un cuerpo de gladiadores; y, por el otro, a las tropas y los generales que habían vencido en Bedriaco. No obstante, después de ser vencido o traicionado en todos los frentes, formalizó un pacto con Flavio Sabino, hermano de Vespasiano, para asegurarse su propia vida y un millón de sestercios. A continuación declaró en las escaleras de palacio, ante una numerosa concurrencia de soldados, que renunciaba al Imperio, que había aceptado a la fuerza; no obstante, al pedirle a gritos todos los presentes que no lo hiciera, aplazó la decisión, pero, transcurrida aquella noche, al alba bajó a los rostra[23], vestido de harapos, y confirmó con muchas lágrimas su renuncia, leyendo un escrito. Al interrumpirle una vez más el ejército y el pueblo, animándole a no ceder el poder y prometiéndole a porfía todos ellos su ayuda, cobró nuevos ánimos y, con un súbito ataque, rechazó hasta el Capitolio a Sabino y a los demás partidarios de Flavio, que se sentían ya plenamente seguros, y, prendiendo fuego al templo de Júpiter Óptimo Máximo, acabó con todos ellos, mientras él, banqueteando, contemplaba la batalla y el incendio desde el palacio de Tiberio[24]. Poco después, arrepentido de esta acción y echando la culpa de ella a los demás, convocó una asamblea en la que juró y obligó a todos a jurar que nada sería más importante para todos ellos que la paz pública. Soltando después el puñal que llevaba al costado, tras ofrecérselo primero al cónsul, luego, al rechazarlo éste, a los magistrados y, finalmente, a cada uno de los senadores, sin que ninguno lo aceptase, se marchó, diciendo que iba a depositarlo en el templo de la Concordia. Pero, al proclamar a gritos algunos de ellos que «él era la Concordia», regresó y no sólo afirmó que retendría el puñal, sino que adoptaría también el sobrenombre de «Concordia».


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